Bajo las calles luminosas de Almería, entre terrazas, turistas y tráfico, se esconde una ciudad olvidada. Una ciudad subterránea, marcada por el miedo, los bombardeos… y algo más.
Los Refugios de la Guerra Civil, con más de 4 kilómetros excavados bajo tierra, fueron en su día el escudo de miles de almerienses frente a los ataques aéreos de la aviación fascista. Hoy, ese laberinto es una atracción turística. Pero pocos saben lo que realmente ocurrió allí abajo.
Y menos aún, lo que sigue ocurriendo.
Un pasado que no duerme
Construidos entre 1937 y 1938, los refugios podían albergar hasta 40.000 personas. Eran oscuros, húmedos, angostos… y llenos de pánico. Se dice que en las noches de bombardeo, el silencio solo se rompía por los llantos de los niños y el crujir de la piedra.
Durante años, muchos tramos permanecieron cerrados, sellados con cemento o directamente tapiados. Las razones oficiales: “desprendimientos” o “riesgo estructural”.
Pero los mayores del lugar y los primeros que accedieron cuentan otra versión: hubo zonas donde nadie quería entrar. Donde los perros ladraban sin cesar, y los obreros salían con ataques de ansiedad.
Testimonios que hielan la sangre
«Yo lo vi», afirma Carmen G., guía turística que durante años recorrió los refugios con grupos escolares. “Una vez, en el tramo cercano al antiguo hospital, una niña del grupo se paró en seco, señaló una esquina y dijo: ‘¿Quién es esa señora vestida de negro que llora?’”
No había nadie más allí.
Otra guía, ya jubilada, asegura que una vez al mes —siempre al final del recorrido— una de las luces parpadea exactamente a las 12:04. “Siempre la misma. Siempre la misma hora. Y justo después, se oye un susurro… como si alguien dijera un nombre.”

Cámaras que captan lo imposible
En 2022, un grupo de investigadores del fenómeno paranormal pidió permiso para pasar una noche en los refugios con sensores térmicos, grabadoras de ultrasonido y cámaras infrarrojas.
Durante la madrugada, registraron una bajada súbita de temperatura de 12º a 2º en un tramo cerrado al público. Y lo más escalofriante: en el audio se filtró una voz infantil, claramente audible:
“¿Ya ha pasado el avión?”
Los técnicos revisaron todo el equipo. No había interferencias, ni personas cerca. Muchos de ellos abandonaron el proyecto poco después.
Zonas vetadas al público
Hay partes de los refugios que nunca han sido abiertas a las visitas, ni lo serán. Una de ellas, conocida internamente como “El pasillo de los susurros”, fue cerrada tras las obras de rehabilitación en 2006.
Un trabajador del equipo de restauración, que pide permanecer en el anonimato, asegura haber oído golpes rítmicos en la roca, como si alguien picara con una herramienta… desde dentro.
“Pensamos que podía ser una tubería, pero no había ninguna. Y lo más raro es que los golpes paraban cuando nos acercábamos. Como si supieran que veníamos.”
Los historiadores afirman que muchas de estas historias no son más que ecos de la memoria colectiva. Gritos congelados en el tiempo. Trauma puro. Pero lo cierto es que hay demasiadas coincidencias, demasiadas experiencias compartidas por gente que ni se conoce entre sí.
Incluso algunos visitantes han sentido mareos, náuseas repentinas o esa típica sensación de “estar siendo observado”… justo en los puntos donde ocurrieron los bombardeos más intensos.
¿Te atreves a bajar?
Los Refugios de la Guerra Civil de Almería son un monumento a la resistencia, a la historia… y tal vez también a algo que se quedó encerrado allí abajo.
Cuando bajes, si lo haces, presta atención. No a lo que ves. Sino a lo que sientes.
Porque en el silencio de los refugios, tal vez, aún queden voces esperando ser escuchadas.












