Antes de que el Paseo de Almería se llenara de casetas idénticas, cables de luz y música en bucle, la Navidad se vivía de otra manera. Durante años, nadie recuerda exactamente desde cuándo, los puestos eran sencillos y casi improvisados. Familias enteras sacaban mesas viejas, mantas gastadas o cajas de madera donde colocaban juguetes heredados, figuras hechas a mano, adornos de otros inviernos y objetos que habían pasado por varias generaciones. No era un mercadillo organizado, sino una extensión natural de la vida del barrio, y fue en aquella época, cuando todo era más precario y más cercano, cuando apareció por primera vez el muñeco, un objeto que, según todos los testimonios, no se ha ido nunca.
Un objeto que nadie reconoce
Una mañana de diciembre apareció apoyado en uno de aquellos puestos tradicionales, como si hubiera estado allí desde siempre. Era un muñeco antiguo, de trapo, con la cabeza ligeramente ladeada y la tela amarillenta por el paso del tiempo. Sus ojos de cristal no estaban rotos, pero tenían ese brillo apagado de los objetos demasiado viejos, como si hubieran mirado durante demasiados años el mismo lugar. Cuando los dueños del puesto lo vieron, pensaron que algún familiar lo habría dejado allí por error, pero nadie lo reclamó. Las familias vecinas tampoco lo reconocieron, y aun así el muñeco permaneció durante toda la campaña navideña, sin que nadie se atreviera a moverlo demasiado.
El Paseo cambia, el muñeco no
Con el paso de los años, aquellos puestos desaparecieron. Llegaron nuevas normativas, casetas de madera, otro tipo de productos y una estética más moderna. El Paseo cambió por completo, pero el muñeco no se fue con el pasado. Cada Navidad, sin excepción, vuelve a aparecer. Nunca en el mismo puesto dos años seguidos, nunca colocado de la misma forma, pero siempre dentro del mercadillo, siempre visible, como si alguien lo hubiera puesto allí con cuidado. Los vendedores actuales coinciden en algo inquietante: ninguno recuerda haberlo traído. Algunos aseguran que al abrir por la mañana ya estaba entre la mercancía, otros dicen que aparece al caer la tarde, cuando el Paseo empieza a llenarse y nadie presta atención a los detalles pequeños.

Siempre regresa
A lo largo de los años, varias personas se han atrevido a comprarlo. No es caro, nunca lo ha sido. Sin embargo, a la mañana siguiente ocurre siempre lo mismo: el muñeco vuelve a aparecer en el Paseo, en otro puesto distinto. Nunca exactamente igual. Cada vez está un poco más deteriorado, con una costura abierta que antes no tenía, una mancha oscura en la tela o una grieta nueva en uno de los ojos de cristal. Algunos compradores afirman que el muñeco no llegó nunca a su casa, otros dicen haberlo dejado en una estantería y encontrar el hueco vacío al despertar. Ninguno conserva pruebas de la compra. Ninguno ha querido hablar mucho del tema después.
Los vecinos más mayores del centro evitan detenerse cuando lo ven. Dicen que el muñeco es algo que forma parte del propio Paseo, como si hubiera quedado anclado allí desde una Navidad que nadie puede recordar. Hay quien asegura que representa a un niño perdido en aquellas épocas en las que las familias montaban sus propios puestos, y que nunca encontró el camino de vuelta a casa. Otros creen que no es más que un objeto que se niega a ser guardado, que necesita volver cada año al mismo lugar donde apareció por primera vez, aunque el lugar ya no sea el mismo.
Una norma que nadie incumple
Hoy en día, algunos vendedores veteranos siguen una regla silenciosa. Si el muñeco aparece en su puesto, no lo mueven y no lo venden. Lo dejan exactamente donde está hasta que desaparece por sí solo. Todos saben que da igual quién se lo lleve o cuánto tiempo pase lejos del Paseo: el muñeco siempre vuelve. Y cada Navidad que regresa, vuelve un poco peor, como si el tiempo no pasara igual para él que para el resto.
Esta Navidad ya dicen que lo han visto… ¿Os habéis fijado en él?











