En un evento que ha dejado boquiabiertos a turistas y locales, los trenes regionales de Almería han alcanzado ayer velocidades “récord” que los expertos definen como “arriesgadamente moderadas”, dejando a los pasajeros con una mezcla de vértigo y risa incontrolable.
El convoy, que cubría la ruta entre Almería y Granada, registró una punta de 22 km/h, un hito histórico según fuentes no oficiales de Renfe. Aunque para algunos esta cifra pueda parecer baja, los pasajeros aseguran que la sensación era de auténtica adrenalina.
Paco Gómez, vecino de la capital, cuenta su experiencia:
“Nunca había sentido tanta emoción en mi vida. El viento en la cara, los anuncios de megafonía que parecían predicciones meteorológicas… casi me caigo del asiento, pero luego recordé que estaba en un tren y no en una montaña rusa”.
Mari Carmen López, viajera frecuente, asegura:
“Lo mejor fue que pude terminar dos novelas mientras el tren avanzaba. No sé si la velocidad me ayuda a concentrarme o si mi imaginación va más rápido que el convoy”.

Incluso los turistas internacionales se han sumado a la ola de entusiasmo: un visitante alemán confesó que pensaba que iba a conocer un “museo de trenes antiguos” y terminó sintiendo que estaba en una película de acción lenta.
Los responsables del transporte ferroviario han querido recalcar que “la seguridad es nuestra prioridad… justo después de que los pasajeros se diviertan”. Se han recomendado cinturones opcionales para evitar caídas inesperadas al intentar alcanzar el vagón bar, donde el café se sirve a velocidad constante y riesgo cero.
Se baraja la posibilidad de instalar radares de velocidad “para que los pasajeros sepan realmente a qué ritmo están avanzando”, aunque algunos expertos sugieren que sería mejor medir el tiempo que tardan los pasajeros en pedir un café que el propio tren en recorrer un kilómetro.
Los trenes de Almería se han convertido así en un curioso ejemplo de que la velocidad es relativa, y que, a veces, la diversión está en los detalles… aunque estos detalles sean las risas, los temblores y los cafés derramados.











