Hace 20 o 30 años, Almería era una tierra reconocida por su sol, su sencillez y su carácter auténtico. Hoy, seguimos siendo eso, pero también mucho más. Porque los almerienses hemos cambiado, y con nosotros ha cambiado nuestra tierra. No solo han cambiado las calles, los barrios o los edificios. Hemos cambiado como sociedad, como cultura y como forma de vivir.
Hubo un tiempo en el que todo giraba en torno al invernadero, al mercado de abastos y al camión que salía al amanecer hacia el norte con hortalizas frescas. Hoy, aunque el mar de plástico sigue siendo el motor de nuestra economía, las nuevas generaciones de agricultores han llevado la tecnología al campo: sensores, control climático, riego por inteligencia artificial y exportación directa al mundo con un clic.

Lo que antes era jornal, sudor y oficio aprendido en familia, ahora es ingeniería agrónoma, marketing agroalimentario y agricultura sostenible.
¿Quién no recuerda cómo era El Alquián, La Cañada o Retamar hace 30 años? Muchos de estos barrios eran apenas grupos de casas rodeados de campo. Hoy son comunidades vivas, con centros de salud, colegios, instalaciones deportivas y vida social. Y qué decir de El Toyo, nacido de los Juegos Mediterráneos de 2005 y convertido en una referencia turística y residencial.

El Paseo se nos quedó pequeño. Y el centro, que parecía que iba perdiendo vida, hoy resurge gracias al pequeño comercio, la hostelería y el movimiento cultural que despierta en sus plazas.
Nuestros padres y abuelos a menudo no pudieron estudiar más allá de lo básico. Pero se aseguraron de que nosotros sí. Y vaya si lo hicimos: universitarios, emprendedores, diseñadores, ingenieros, músicos, artistas… Muchos almerienses han salido al mundo y han vuelto para aportar ideas nuevas a su tierra. Otros se han quedado, apostando por levantar aquí sus proyectos.
Hemos pasado del «trabajo fijo» al «quiero hacer lo que me apasiona». Y eso también es progreso.


Durante muchos años, parecía que Almería quedaba en un rincón olvidado del mapa andaluz. Pero eso cambió. Hoy se nos respeta y se nos reconoce: por nuestra forma de hablar, por nuestro carácter abierto y por nuestra cultura única.
Los festivales de cine, la recuperación del flamenco, las peñas, las ferias, las fiestas populares y las nuevas generaciones de artistas están devolviendo a Almería su lugar. El Cable Inglés se ilumina como símbolo de nuestra historia industrial, y la Alcazaba vuelve a brillar con actividades, visitas y vida.

Hace 30 años, el turismo era cosa del verano. Hoy, Almería está en los catálogos de invierno de media Europa. Nos visitan por nuestras playas vírgenes, nuestros paisajes de película y nuestra gastronomía de kilómetro cero. Los almerienses hemos aprendido idiomas, hemos abierto negocios turísticos y hemos acogido a gentes de todo el mundo.
Y aunque somos más, seguimos siendo nosotros: hospitalarios, trabajadores, sinceros y con ese acento que no se aprende ni se imita.

Almería no ha cambiado: ha evolucionado. Y lo ha hecho gracias a su gente. A quienes se quedaron, a quienes volvieron y a quienes llegaron.
Hoy, al mirar atrás, vemos todo lo que hemos mejorado. Y al mirar adelante, sabemos que aún nos queda mucho por construir. Pero si algo hemos demostrado en estas décadas, es que los almerienses sabemos adaptarnos, avanzar y hacerlo con dignidad y humildad.
Seguimos siendo tierra de esfuerzo, de mar y de sol. Pero, sobre todo, somos tierra de futuro.










