En el número 65 de la Calle Real de Almería se apagan estos días los aromas más antiguos del barrio: el olor a pan recién hecho, a dulces de toda la vida y a recuerdos compartidos. La Panadería Diego, una joya del comercio tradicional que ha alimentado a generaciones enteras, dice adiós después de más de 90 años de historia.
Un horno con raíces profundas
Todo comenzó con Juan García, el primer panadero, que horneaba su pan en un pequeño horno con salida a la calle Trajano, justo al lado del actual local. Su despacho de pan, situado en la Calle Real, pronto se convirtió en punto de encuentro para vecinos y visitantes. Allí, el pan no solo se compraba: se compartían charlas, se intercambiaban noticias y se respiraba vida de barrio.
A Juan le siguió Josefa de Amo Salmerón, que mantuvo viva la tradición bajo el nombre de Panadería Amo. Aquella época quedó grabada en la memoria de muchos almerienses: los mayores aún recuerdan cómo, de camino a la escuela, se detenían cada mañana para comprar el bocadillo o alguna chuchería. Era más que una panadería: era parte del día a día, del alma del vecindario.
Diego Padilla, la última hornada de una saga entrañable
La última etapa de esta historia lleva el nombre de Diego Padilla, quien ha mantenido el negocio con la misma dedicación y cariño que sus antecesores. Bajo el rótulo de Panadería Diego, el local ha conservado su esencia intacta, manteniendo las mismas estructuras y los mismos espacios de antaño de sus comienzos, era un negocio con esencia, con olor a antiguo, un espacio pequeño, coqueto, donde cada rincón cuenta una historia.
Durante décadas, Diego ha ofrecido mucho más que pan: carnes, helados, conservas, dulces, mantecados y un sinfín de productos que acompañaban el ritmo de las estaciones. Todo ello con la calidez y cercanía que solo un comercio de toda la vida puede ofrecer.
Un legado que no se olvida
Hoy, al bajar la persiana por última vez, no se apaga solo un horno: se cierra un capítulo de la historia de Almería. La Panadería Diego ha sido testigo de risas, confidencias y generaciones que crecieron con el sabor de su pan.
Aunque el local cierre sus puertas, el aroma de su historia quedará para siempre en la memoria del barrio, en cada persona que alguna vez cruzó su umbral buscando algo tan sencillo y tan humano como un trozo de pan… y una sonrisa.
Gracias, Diego.
Gracias, familia García-Amo-Padilla,
Por tanto cariño, tanta dedicación y tanta vida compartida entre harinas, dulces y sueños.












